José Moreno Gómez, en su casa
José Moreno Gómez, en su casa / lmmg

Ponerse a escribir

¡Qué difícil es enfrentarse a un folio en blanco!. Dicen que picando se suda, escribiendo sin escribir, también: si no tienes ideas, lo dejas; si tienes ideas, se te acumulan en la mente y quieren seguir todas simultáneamente. Es ahí, cuando vienen los sudores.

Ante el folio, con el bolígrafo en la mano, me pregunto: “¿de qué escribo? Si no sé de qué escribir, ¿qué hago aquí delante de este folio inmaculado, con este bolígrafo que compré en los chinos, un exprofesor, y con la intención de escribir algo interesante?”.

A este paso, ni estreno el folio, ni el bolígrafo. Para ellos sería una desilusión. El bolígrafo, - escritura con bola, esa es la etimología- sería una desilusión garabatear. Solamente el folio, extraído de la madera de la Amazonia del Perú o vete a saber de dónde. Queda lejos el Perú, muy lejos, lejísimo, por eso pensamos que lo que ocurre allá con los árboles centenarios no nos interesa. Sólo vemos lo de acá, craso error.

El caso es que el pobre folio, tan blanco, tan inmaculado, tan puro, espera pacientemente, sin arma para defenderse, ser circuncidado y manchado eternamente por la bola del bolígrafo impregnada de tinta china, -para eso lo compré en los chinos-, que no se borra.

Sólo le queda la esperanza de que lo que se escriba en él sea inteligible, comunicativo, didáctico, expresivo, ortográfico (por supuesto), epistemológico, narrativo, descriptivo, poético,… en definitiva, bello.

Si es así, se verá recompensado y no le importará haber perdido su blancor y su pureza.

Al bolígrafo le quedará la satisfacción de haber hecho algo bueno. Así que, cuando descanse en el plumero - “boligrafero” diría yo- reposará tranquilo y orgulloso de haber sido útil, envidiado por los otros instrumentos de escritura que reposan a su lado.

Plumero, “boligrafero”, tintero, salero… son recipientes dónde se recogen respectivamente las plumas, ¿bolígrafos?, la tinta, la sal.

Sin embargo, hay otras palabras como barbero, peluquero, silletero que no recogen nada; sólo rasuran la barba, cortan el pelo -no lo toman- o hacen o reparan sillas.

Imaginad que hubiera unos lugares dónde se recogieran a los barberos, peluqueros o silleteros. Habría que llamar a un alfarero para que fabricase barberos, peluqueros o silleteros gigantes.

Hablando de gigantes, hace años cuando yo hice la mili -quinta de 1968-, salía en TVE1 (sólo había esa) un anuncio dónde aparecía una botella de fanta gigantesca que contrastaba con la figura del personaje que salía al lado de la botella (enano él ante la gigantez de la botella) y decía: ¡nunca he visto una fanta tan grande!. Salieron por entonces las botellas de litro y medio.

Nosotros, los soldados, tomamos como coletilla este “slogan”. Nunca he visto un sargento tan grande (el tío era un taco). Nunca he visto un capitán tan grande (lo veíamos poco). El coronel no sabíamos si era grande o chico: simplemente no aparecía. ¿Qué haría esta gente durante el día?. Por la noche, no sabemos, dormirían. También decíamos, al ver al vasco ducharse: nunca he visto un miembro tan grande. Es que el menda era del centro de Bilbao, si hubiese sido de los alrededores, no habría llegado a tanto la cosa.

El caso es que nosotros, soldados de a pie, pasábamos el tiempo con estas y otras cosas. Otra de las cosas con las que pasábamos el tiempo, era cuando nuestros sargentos, tenientes y adláteres se encargaban de la cocina. Era un mes; pero bastaba.

El sargento cambiaba de coche; el teniente de cocina no sabemos de qué cambiaba, no llegaba a nuestro alcance, seguro que cambiaría de algo (lo mismo del lustro de la piel). Por no imaginar otras cosas más íntimas y exponerlas abiertamente sin tener pruebas.

De lo que sí tengo pruebas, es que yo era cabo de segunda – los que llevan en la bocamanga tres listas rojas- era el cabo furniel. Los cabos de segunda cobraban al mes 50 pesetas y los de primera 1.100 pesetas. Yo cobraba 150 pesetas y me tenían asignado 1.100 pesetas y lo firmaba como si fuera cabo de primera. Yo era consciente del asunto; pero cualquiera decía nada. Como mínimo me habría caído un mes de calabozo, o vete a ver, juicio sumarísimo. Cualquiera se metía con Franco y sus chupatintas que se enriquecieron a costa de los pobres y de los que dieron su vida por España. Ellos, en los despachos, que no era poco.

En los cuarteles había surtidores de gasolina. He visto repostar más de una a los coches de oficiales. También tengo que decir que no sé si pagaban o no el combustible, el caso es que repostaban. Y lo sé, porque por la “puerta de carros” que llamaban salíamos a la calle algunos sin tener que pasar revista ni de corte de pelo ni de lustre de botas.

¡Cuidado con la gallina!, ¡Que brille! Eso era sagrado – el águila del escudo de España-. Yo siempre lo tenía bañado en betún incoloro; claro que, cuando te lo ponías te manchaba la camisa. Si pasabas revista, ibas al lavabo y te salpicabas de agua, así se te disimulaba la mancha, lo mismo que, si llevas unos pantalones blancos y te meas en la bragueta, das al grifo del agua y te salpicas. Así la gente creerá, al lavarte, te has salpicado; pero, no meado. Así son las cosas y “asín” las veo yo.

- ¡Joder con el tío! Escribe “asín”.

- Sí, hombre, “asín” es correcto, reconocido, reconocido por la RAE que es “limpia, pura y da esplendor”.

“Asina” no es correcto aunque para algunos extremeños no lo es - para mí, también porque soy españolito y extremeño-.

Así que asín y asina, no sé cómo estarán ahora los cuarteles. Imagino y creo que llenos de grandes profesionales de a pie o a caballo, o manejando cualquier artefacto de los de ahora. No lo conozco de cerca, lo que sí conozco de cerca es a la Guardia Civil de Talayuela, a la que respeto y admiro: siempre hay que estar dónde hay que estar.

Bueno, ya termino. Si lo escrito no te ha parecido inteligible, comunicativo, didáctico, expresivo, ortográfico, narrativo, descriptivo,…

No ha sido culpa del bolígrafo que compré en los chinos, ni del folio inmaculado, procedente de la madera de la Amazonia del Perú, a sido culpa mía por no haber sabido manejarlos adecuadamente.

Dicitur pasus longi

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