Luis Miguel Martín, una de las personas responsables de la gestión de El Quinto Pino, repasa la evolución de un proyecto que ha situado a ... Talayuela en el mapa de las artes escénicas y reflexiona sobre el valor de la cultura, la naturaleza y el compromiso con el mundo rural.
-Para quien todavía no conozca El Quinto Pino, ¿cómo definirías este espacio?
-Es un lugar donde las personas vuelven a conectar con lo esencial. Aquí conviven la naturaleza, la cultura, la educación y la convivencia. Nació hace ya más de dos décadas como una idea muy ilusionante: demostrar que en el mundo rural era posible crear un proyecto cultural de calidad, abierto al mundo y con capacidad para transformar vidas. Con el tiempo hemos comprobado que no era solo una intuición. Han pasado por aquí miles de personas y muchas regresan años después. Eso nos confirma que los proyectos que se construyen desde la autenticidad, la constancia y el cariño acaban dejando huella.
-Gestionar un espacio así requiere mucho trabajo. ¿Cuál dirías que es el secreto para que siga creciendo?
-No hay ningún secreto, solo mucho trabajo y un equipo que comparte la misma filosofía. Las personas que formamos parte de este proyecto tenemos formas distintas de aportar, y precisamente ahí está una de nuestras fortalezas. Nos complementamos, debatimos las decisiones y siempre intentamos pensar qué es lo mejor para el proyecto.
-Y más importante, tenemos la suerte de estar rodeados de un gran equipo humano que siente el proyecto como propio. En estos años, he aprendido que las grandes iniciativas nunca son el resultado del trabajo de una sola persona. Cuando existe confianza, respeto y un objetivo común, las ideas crecen mucho más. Creo que una buena gestión consiste precisamente en eso: rodearte de personas capaces, escucharlas y hacer que cada una pueda aportar lo mejor de sí misma.
-El entorno natural parece tener tanta importancia como las propias actividades.
-Porque forma parte de nuestra identidad. Vivimos rodeados de un patrimonio natural extraordinario y creemos que también hay que educar para valorarlo. Muchos niños llegan aquí acostumbrados a las pantallas y descubren que pueden pasar horas creando, jugando o aprendiendo simplemente observando un paisaje, caminando por el pinar o compartiendo una conversación alrededor de una actividad. Esa conexión con la naturaleza termina generando también respeto por las personas y por el lugar donde vivimos.
Vivimos en un entorno privilegiado y, muchas veces, somos los propios vecinos quienes menos conscientes somos de ello. Nuestro objetivo también es ayudar a mirar este espacio con otros ojos.
Y precisamente porque tenemos un entorno con tanto valor, creo que también debemos exigirnos cuidarlo mejor. Sería importante que desde las instituciones se hiciera un esfuerzo mayor por mantener estos espacios naturales más limpios, cuidados y preparados, no solo por una cuestión de imagen o para que puedan disfrutarlos vecinos y visitantes, sino también por algo tan importante como la prevención de incendios y la seguridad de nuestro entorno. No se trata de transformar el pinar, sino justamente de lo contrario: conservarlo, mantenerlo adecuadamente y ponerlo en valor para que podamos disfrutarlo hoy y garantizar que también puedan hacerlo las próximas generaciones.
-¿Por qué elegisteis el circo y las artes escénicas como eje del proyecto?
-Porque son herramientas educativas extraordinarias. Todas las personas que han formado y seguimos formando parte de este proyecto, creemos que el circo enseña que todos tenemos un papel importante, que el esfuerzo tiene recompensa y que el error forma parte del aprendizaje.
Además, las artes escénicas ayudan a desarrollar la creatividad, la comunicación y la confianza en uno mismo. Son valores que sirven tanto para un escenario como para la vida cotidiana.
Cuando un niño consigue superar un miedo, hablar delante de otras personas o trabajar en equipo para crear un espectáculo, está aprendiendo mucho más que una disciplina artística.
-El Quinto Pino también genera empleo. ¿Qué dimensión tiene actualmente vuestro equipo?
-Depende mucho de cada campaña y de los proyectos que tengamos en marcha. Este verano somos 19 personas trabajando, una parte muy importante de ellas de Talayuela, entre monitores y monitoras, personal de cocina, limpieza y otros perfiles. Para nosotros es especialmente satisfactorio que un proyecto cultural y educativo pueda convertirse también en una fuente de empleo para personas de nuestro municipio.
Hay épocas en las que coinciden las actividades de El Quinto Pino con otros proyectos que desarrollamos fuera de nuestras instalaciones y hemos llegado a formar equipos cercanos a las 40 personas. Intentamos apostar siempre por el talento local y, al mismo tiempo, incorporar profesionales de escuelas de circo y artes escénicas de España y de otros países, porque ese intercambio de experiencias también nos ayuda a crecer y mejorar.
-Miles de personas han pasado por El Quinto Pino. ¿Qué es lo que más recuerdan cuando vuelven?
-Curiosamente, muchas veces no hablan del espectáculo o del taller concreto. Lo que recuerdan son las personas, el ambiente, las conversaciones y la sensación de sentirse parte de algo.
Eso nos hace pensar que el verdadero valor del proyecto no está únicamente en las actividades que organizamos, sino en las experiencias compartidas. Al final, las personas olvidan muchas cosas, pero rara vez olvidan cómo las hiciste sentir. Esa es probablemente nuestra mayor satisfacción.
El Quinto Pino ha contribuido a que mucha gente conozca Talayuela. ¿Qué supone eso para vosotros?
-Para mí, que soy de Talayuela, supone una enorme satisfacción. Siempre hemos defendido que los pueblos pequeños no tienen por qué conformarse con ser espectadores. También pueden ser protagonistas. Cada verano recibimos personas de diferentes comunidades autónomas e incluso de otros países y muchos llegan sin conocer Talayuela. Creo que eso también es una forma de generar oportunidades. Cuando alguien descubre un territorio desde una experiencia positiva, lo recomienda, vuelve o incluso plantea desarrollar aquí nuevos proyectos.
En un municipio diverso como Talayuela, la inmigración forma parte de nuestra realidad cotidiana. ¿Qué papel pueden jugar proyectos como El Quinto Pino en la integración y la convivencia?
-Talayuela es hoy un municipio diverso, con vecinos que tienen orígenes, culturas y realidades diferentes. Creo que esa diversidad hay que saber gestionarla y, sobre todo, convertirla en una oportunidad. En El Quinto Pino tenemos algo que para nosotros es fundamental: cuando empieza una actividad desaparecen muchas etiquetas. Da igual dónde hayas nacido, qué idioma se hable en tu casa o cuál sea tu situación familiar. En ese momento eres una persona más del grupo, con los mismos derechos, responsabilidades y oportunidades que los demás.
El circo, el teatro, la cultura o el deporte tienen, precisamente, esa capacidad. Crean espacios comunes donde las personas se conocen de verdad, colaboran y descubren que tienen muchas más cosas que las unen que las que las separan.
La convivencia es un esfuerzo compartido: implica, por parte de todos, respetar las normas y valores comunes, pero también generar oportunidades para participar, relacionarse y sentirse parte de Talayuela.
Creo que ese es uno de los retos importantes que tenemos como sociedad: construir un municipio en el que todos entendamos que compartimos el mismo pueblo y que también compartimos la responsabilidad de cuidarlo y hacerlo avanzar.
-¿Qué valores intentáis transmitir a quienes participan en vuestras actividades?
-Responsabilidad, compañerismo, respeto, igualdad y compromiso. Vivimos en una sociedad donde muchas veces todo parece inmediato. Nosotros intentamos transmitir que las cosas importantes requieren tiempo, constancia y trabajo en equipo.
Son valores sencillos, pero creemos que siguen siendo los que sostienen cualquier proyecto sólido. Cuando un grupo aprende a confiar unos en otros, no solo mejora un espectáculo; también mejora la convivencia.
-Después de tantos años colaborando con instituciones, asociaciones y entidades de toda España y a nivel internacional, ¿qué enseñanza te llevas?
-Que escuchar siempre es mucho más útil que imponer. Cada colaboración nos ha enseñado que las mejores soluciones aparecen cuando diferentes personas ponen encima de la mesa experiencias distintas. Esa capacidad para dialogar y construir acuerdos es una de las cosas que más hemos intentado aplicar en nuestro trabajo diario.
-¿Qué sigue motivándote para continuar?
-La ilusión de seguir aprendiendo. Cada grupo que llega es diferente, cada actividad plantea nuevos retos y cada proyecto nos obliga a mejorar. Cuando uno deja de aprender, empieza a repetirse. Nosotros intentamos que cada temporada aporte algo nuevo sin perder la esencia que nos ha acompañado desde el principio.
Además, sigue emocionándome comprobar cómo personas que llegaron aquí siendo niños vuelven años después como monitores, artistas o profesionales. Ver crecer a las personas también es una forma de medir el éxito de un proyecto.
¿Cómo imaginas El Quinto Pino dentro de diez años?
-Me gustaría que siguiera siendo un lugar donde cualquier persona se sintiera bienvenida. Un espacio abierto a nuevas ideas, a nuevos proyectos y a nuevas generaciones, pero sin perder aquello que nos ha traído hasta aquí: el respeto por las personas, el compromiso con el territorio y la convicción de que la cultura puede cambiar muchas cosas.
-Vuestra campaña no ha terminado. ¿Qué actividades os quedan por delante?
-Todavía nos queda una parte muy importante de la programación. Como una nueva edición de nuestro Campo de Voluntariado Internacional de Circo, incluido dentro de la campaña de verano del Instituto de la Juventud de Extremadura, que nos permitirá volver a recibir en Talayuela a jóvenes de todas partes del mundo. También tenemos por delante el Campus Circo en la Naturaleza y, como uno de los grandes cierres de la temporada, la cuarta edición del Festival de Circo ZCEN.
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